El niño cinco mil millones: Mario Benedetti

En un día del año 1987 nació el niño Cinco Mil Millones. Vino sin etiqueta, así que podía ser negro, blanco, amarillo, etc. Muchos países, en ese día, eligieron al azar un niño Cinco Mil Millones para homenajearlo y hasta para filmarlo y grabar su primer llanto.
Sin embargo, el verdadero niño Cinco Mil Millones no fue homenajeado ni filmado ni acaso tuvo energías para su primer llanto. Mucho antes de nacer, ya tenía hambre. Un hambre atroz. Un hambre vieja. Cuando por fin movió sus dedos, éstos tocaron la tierra seca. Cuarteada y seca. Tierra con grietas y esqueletos de perros o de camellos o de vacas. También con el esqueleto del niño número 4.999.999.999.
El verdadero niño Cinco Mil Millones tenía hambre y sed, pero su madre tenía mas hambre y más sed y sus pechos oscuros eran como tierra exhausta. Junto a ella, el abuelo del niño tenía hambre y sed más antiguas aún y ya no encontraba en sí mismo ganas de pensar o de creer.
Una semana después el niño Cinco Mil Millones era un minúsculo esqueleto y en consecuencia disminuyó en algo el horrible riesgo de que el planeta llegara a estar superpoblado.

Memoria en venta: Laura Freixas

El día en que cumplió cuarenta años, la señorita Ernestina decidió deshacerse de todos sus recuerdos.
Era esta, desde luego, una decisión dolorosa, y tanto más incomprensible -a primera vista- cuanto que, hasta entonces, la señorita Ernestina había prodigado a sus recuerdos un cariño y atención sin igual: no sólo había ido acumulando, con los años, un número extraordinario de ellos, sino que los conservaba, además, en impecable estado; pero precisamente por eso, se le habían vuelto una carga demasiado pesada.
Sólo quien tiene una buena colección de recuerdos sabe el trabajo, el tiempo y los desvelos que su mantenimiento requiere. Para empezar, hay que vigilar constantemente su buen orden; pues uno evoca un recuerdo cualquiera y son, por lo menos, cuatro o cinco los que emergen, prendidos al primero por nexos insospechados; y si uno se descuida, dejándose llevar por los tentadores senderos del pasado, serán no cinco o seis, sino hasta veinte o treinta los que salgan de sus escondrijos por sorpresa, recuerdos olvidados uniéndose al cortejo. Es necesario devolverlos luego, con todo cuidado, a sus fechas respectivas, a fin de volver a encontrarlos fácilmente la próxima vez que uno quiera revivirlos. Eso por no hablar de los cuidados sin fin que su conservación exige: quitar cada día el polvo, hacer limpieza a fondo los sábados, y renovar regularmente las bolas de naftalina; de lo contrario, se corre el consabido riesgo -la señorita Ernestina, tan cuidadosa, se enfermaba sólo de pensarlo- de que al ir a buscar un recuerdo un poco antiguo, digamos de la primera infancia, lo encuentre uno mohoso, apolillado, todo descolorido o, lo que es peor, roído hasta la médula por los ratones del olvido.
Mencionemos por último la cuestión del espacio. La capacidad de la memoria es limitada, y la de la señorita Ernestina estaba rebosando. Además de los recuerdos propios -y no eran pocos-, tenía un sinfín de ajenos: recuerdos de familia que le legó su madre, por ejemplo, u otros que le prestaron y cuyo desmemoriado propietario había olvidado reclamarle. La cosa llegaba hasta tal punto, que en los últimos tiempos la señorita Ernestina los iba perdiendo por la calle.
-Perdone, señorita -la interpelaba al darle alcance un caballero galante y sudoroso-. ¿No será suyo este Primer Beso a la Luz de la Luna que acabo
de encontrarme por el suelo? Por poco lo piso, y la verdad, hubiera sido una lástima... -Se lo mostraba delicadamente en la palma de la mano, y la señorita Ernestina, reconociéndolo, daba las gracias confusa y se lo metía en el bolso.
Pero no eran, en definitiva, esos incidentes menores los que habían determinado la irrevocable decisión de la señorita Ernestina; ni tampoco trataba, con ella, de ahorrarse trabajo; no la movían, en fin, consideraciones de orden práctico, sino algo más profundo: le dolían sus recuerdos. Saboreándolos, como caramelos, los gastaba; y a la vez, se hacían más bellos: pues es bien sabido que están hechos de una materia indefinible, frágil y brillante como alas de mariposa, que el tiempo y el uso van tornando irisada y sutil, casi translúcida, vaga y dramática al igual que los sueños; y con los años, comienzan traicioneramente a rezumar nostalgia, hasta volverse amargos. Los placeres de la memoria se envenenan: cuando pretendía, con ternura, acariciar sus recuerdos preferidos, la señorita Ernestina se encontraba con un dolor punzante como el mordisco de un gato.
La señorita Ernestina tenía un amigo novelista; su primera idea fue cederle en bloque todos sus recuerdos, para que, aplicando las venerables recetas de la alquimia poética, los mezclase -invocando a las Musas- con claros de luna y amargos vocativos, sueños robados e ilusiones perdidas; y añadiendo luego un mechón de pelo blanco de Madame Arnoux, migajas de cierta famosa madalena y otras sagradas reliquias, los convirtiese en libros. Mas acabó por descartar tal solución, pues le repugnaba la idea de poner sus recuerdos, aun así transformados, en millares de manos anónimas y ajenas, y condenarlos a repetirse eternamente, sin final ni reposo, al capricho de lectores desatentos. Casi era preferible arrojarlos al mar, y dejar que una niña, un día, encontrase, acurrucados en una caracola, los recuerdos de otra niña ya en la tumba. (La señorita Ernestina imaginó también, por un momento, el susto que se llevaría una pescadera cuando al abrir un besugo en el año dos mil hallase en su interior el recuerdo grandioso, deslumbrante y sonoro de una noche en la Opera.)
Repartir sus recuerdos entre los pobres, como sin duda le habría aconsejado su pía bisabuela, le parecía tan ostentoso como donarlos a un archivo o a un museo; sin contar con que los pobres, ya se sabe, son en extremo susceptibles, y el regalo de recuerdos usados podría ofenderles. Así que finalmente, y a falta de mejor solución, la señorita Ernestina optó por poner a la venta sus recuerdos.
Redactó pues el siguiente anuncio, que hizo insertar en el periódico local:

"SE VENDEN DIEZ MIL RECUERDOS EN BUEN ESTADO. Al por mayor o al detalle. Precios razonables. Curiosos abstenerse."

Y se sentó junto al teléfono en espera de eventuales compradores. El primero en llamar fue un jeque árabe. Estaba muy interesado, según dijo, en adquirir recuerdos invernales, ya que sólo durante un reciente viaje a Suiza -a fin de concluir un importante negocio de trueque de camellos por relojes de cucú, precisó- había descubierto los encantos del invierno. La señorita Ernestina respondió que tendría algunos.
-¿Con nieve? -preguntó el jeque, esperanzado.
-Bueno -empezó la señorita Ernestina, que era muy servicial-, nieve, lo que se dice nieve..., en mi ciudad no nieva, pero si se conforma con granizo...
-¡Ni hablar! -exclamó el jeque, con voz de hombre importante-. He dicho nieve, ¡nada de imitaciones! ¡Y además quiero auroras boreales, esquimales, ventiscas, iglúes, icebergs y trineos tirados por pingüimos!
-Será por renos -corrigió educadamente la señorita Ernestina; pero en ese preciso instante, novecientos treinta y cinco relojes de cucú comenzaron simultáneamente a dar las once (hora de Kuwait). Una terrible maldición islámica fue lo último que oyó. El jeque había colgado.
Poco tiempo después telefoneó una dama muy afable, que comenzó preguntando si tendría recuerdos literarios. La señorita Ernestina, llena de buena voluntad, tomó carretilla y se lanzó a declamar:
-¡Con diez cañones por Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...! No, me parece que no era exactamente eso -añadió en voz más baja. La dama, con mucho tacto, aprovechó ese momento de vacilación para continuar:
-No, verá, señorita, lo que sucede es que estoy escribiendo la biografía novelada de una princesa rusa de principios de siglo y me hacen falta recuerdos, cómo le diría yo, pues eso, novelescos. Bueno, pues he visto su anuncio en el periódico y me he dicho, digo, Carmelina, a lo mejor este caballero, o esta señorita, te podrían ayudar. Yo no le podría pagar mucho, la verdad, y claro está que si por casualidad fuese usted una princesa rusa, no vendería sus recuerdos por cuatro pesetas. Pero mire, la cosa está en que yo me conformaría con recuerdos, digamos, de Hamburgo o de Estrasburgo, si no los tiene de San Petersburgo, porque, claro, usted en San Petersburgo no habrá estado nunca, pero mire, si a eso vamos, yo tampoco, pero el lector medio mucho menos, no sé si me entiende, y mientras suene exótico... En fin, que usted me vende los recuerdos que tenga de duelos, collares de esmeraldas, lobos esteparios, amores imposibles, suicidios con daga, adulterios..., me haría un buen precio, ¿verdad?, siendo de segunda mano..., bueno, a lo que iba: yo entonces cambio todos los nombres para que suenen a ruso, si es Martínez, Martinoff, si es García, Garciovsky, y así (licencia poética, le llamamos a eso en nuestra jerga); pongo aquí y allá un grupo de campesinos bailando la balalaica, una horda de bolcheviques feroces con la hoz y el martillo al cinto, y vamos, que me queda bordado. ¿Qué le parece? La señorita Ernestina dudó un rato.
-¿Amores imposibles dice usted que le sirven?
-preguntó por fin-. Porque de eso... -añadió en un murmullo-, de eso alguno tengo.
-Si es con duques o marquesas, desde luego -respondió la dama con firmeza.
-Ah, no -replicó la señorita Ernestina-. Sólo puedo ofrecerle, si usted no la ha leído, mi recuerdo de «El rojo y el negro».
-Rojos, por supuesto -respondió su interlocutora, con evidente suspicacia-, pero ¿me quiere usted decir qué pinta un negro en San Petersburgo en 1910?
-Dejémoslo -propuso la señorita Ernestina, algo desanimada.
Telefonearon o escribieron aún varias personas más: el inevitable representante del «Guinness Book of Records»; la directora de un orfelinato de provincias que deseaha adquirir varios lotes de recuerdos de infancia felices con vistas a obtener una subvención del Ministerio; un condenado a cadena perpetua que pedía recuerdos eróticos para entretener la vaciedad de sus noches -pero había que mandárselos disimulados en el relleno de un pastel de chocolate o en el doble fondo de una caja de galletas-; y un ciego de nacimiento, deseoso de comprar recuerdos de colores, especialmente el lila, del que le habían hablado tan bien. A éste, por lo menos, Ernestina pudo enviarle por correo el recuerdo de la
espléndida buganvilla que ornaba la fachada de casa de su bisabuela. Pero pasaban los días, y el grueso de su memoria seguía intacto y sin comprador.
«Qué lástima de recuerdos», meditaba una tarde la señorita Ernestina, tristemente. «Yo me había encariñado con ellos y bien veo que no valen nada... Si antes pretendía venderlos, ahora estaría dispuesta a regalarlos; y si ni regalados los quiere nadie, los quemaré, o los enterraré bien hondo, y yo con ellos.»
En ese preciso instante llamaron a la puerta. Era el trapero del barrio. Olía a vinagre y a conejo.
-¿E' aquí 'onde venden recuerdo'? -preguntó sin más preámbulo.
-Sí, aquí es -respondió ella algo desconcertada.
El trapero, que ya se había metido en la sala, les echó un vistazo y propuso rápidamente:
-Ze lo' compro a peso.
-No, no hace falta -respondió la señorita Ernestina, con fatiga-. Ya no los quiero para nada y me hará un favor si se los lleva. Sin perder el tiempo en comentarios, el ropavejero comenzó a recoger recuerdos a puñados, y algunos sueños e ilusiones que había también en el montón, y los fue metiendo hechos un revoltijo en el saco que llevaba.
-Pero, dígame -inquirió tímidamente la señorita Ernestina-, ¿qué hará con ellos?
-Pué verá -contestó el hombre, sin dejar la faena-, tengo un cliente amnézico que zeguramente me comprará tó' er lote, zi ze lo dejo baratito. -La señorita Ernestina guardaba silencio, admirada por tanto sentido práctico-. Y zi no -concluyó él-, pué' pá' quemá' en la e'tufa o pá' relleno de corchone'. Y tras recoger los últimos recuerdos desparramados por el suelo -entre los que la señorita Ernestina tuvo tiempo de reconocer el del entierro de su padre y el de un osito de peluche que tuvo de pequeña y al que quería con locura-, el atareado trapero se fue como había venido.
Los meses siguientes, la vida de la señorita Ernestina fue apacible, si no feliz. Dormía a pierna suelta y sin sueños; comía con apetito, y nunca se distraía de lo que estaba haciendo ni se equivocaba de parada de autobús, como antes le sucedía con frecuencia. Por los documentos que había conservado, sabía su nombre, domicilio, fecha de nacimiento y número de cartilla del seguro; nadie le pedía que supiera algo más. En sus ratos libres, miraba arrobada la televisión. Pagaba religiosamente sus impuestos, y creía a pies juntillas las noticias de los periódicos y los discursos de las autoridades. Era, en suma, la ciudadana modelo.
Pero un día sucedió algo extraño. Iba por la calle, atenta a los semáforos y dócil a las indicaciones de los guardias, cuando oyó a alguien gritar: « ¡Armando!», y tuvo un terrible sobresalto. Como una iluminación, una voz interior le dijo que Armando era el nombre de su primer amor; pero no le dijo más. En vano buscó ella, detenida y como fulminada en medio de la acera, la historia de aquel amor perdido en su vacía memoria; no halló sino vagos fragmentos: el eco de una ciudad -París, tal vez- y un ramo de gladiolos de color impreciso.
Desesperada, pues acababa de descubrir que la pérdida de un recuerdo querido duele más que todos los recuerdos juntos, la señorita Ernestina se precipitó a su casa y escribió un nuevo anuncio:

«EXTRAVIADO PRIMER AMOR. Muy cariñoso. Responde al nombre de Armando. Signos distintivos: París y gladiolos. Se gratificará espléndidamente a quien lo devuelva sano y salvo a su desconsolada propietaria.»

Esta vez, sin embargo, no tuvo la paciencia de aguardar junto al teléfono. Como también había olvidado la visita del ropavejero, no tenía idea de qué podía haberse hecho de aquel precioso recuerdo, y creyó haberlo perdido esa misma mañana. Volvió, pues, a la calle fatídica, y a gatas por el suelo, comenzó a recorrer los adoquines palmo a palmo.
Al verla rebuscar con tanto ahínco, varios transeúntes se le acercaron solícitos. Los hombres creían que había perdido el reloj o un billete de mil; las mujeres, que se le había roto el collar de perlas buenas; y los niños tiraban del brazo de sus madres para que les dejasen ayudar a la señora a encontrar la canica o la largartija que seguramente andaba buscando. A todos los apartaba con nerviosismo la señorita Ernestina:
-Hagan el favor de no pisar -les decía, irritada-. ¿No ven que estoy buscando un recuerdo, y que podrían aplastarlo?
Entonces, los niños preguntaban: «Mamá, ¿qué es un recuerdo?», y los adultos seguían su camino con ofendida dignidad, disgustados de haber perdido el tiempo.
Por fin, un viejecito que la había estado observando en silencio se le acercó para decirle:
-Debería usted alegrarse, señorita. Créame que la envidio. Usted podrá disfrutar del presente, construir un futuro; no como yo, que atrapado por innumerables recuerdos, vivo con la vista vuelta atrás e inmóvil.
La señorita Ernestina levantó la cabeza:
¡Cómo que debería alegrarme! -replicó, dolida-. ¡Es el recuerdo de mi primer amor lo que he perdido! ¿Se da cuenta?
El anciano movió la cabeza compasivamente.
-¿Ha probado en el Ayuntamiento? -sugirió, tras un breve silencio.
-¿En el Ayuntamiento? -repitió la señorita Ernestina.
-Sí -dijo el anciano-. En la Oficina de Recuerdos Perdidos podría ser que lo tuvieran.
La señorita Ernestina dio las gracias y corrió al Ayuntamiento. Allí la atendió una señora muy amable.
-Verá -comenzó la señorita Ernestina, sofocada aún por la carrera-, no tiene pérdida: es el recuerdo de un primer amor llamado Armando, con gladiolos rojos, o tal vez blancos o amarillos, y atardeceres en París; por lo que más quiera, dígame:¿lo han encontrado?
La funcionaria la contempló en silencio, con una mirada que a la señorita Ernestina, sin saber por qué, le pareció triste, y la invitó a seguirla. Atravesaron varios corredores tenebrosos en cuyas paredes se alineaban, sobre estanterías, recuerdos polvorientos clasificados por orden alfabético. En la sección de la A, y a medida que avanzaban, la señorita Ernestina pudo distinguir recuerdos de abnegación y de abanicos, de acrobacias, achaques y achuchones, de adulterios y alpiste, de Antípodas y arañas, de arenques y arzobispos... Atravesaron varias secciones más, hasta llegar a la P.
-Sección de Primeros Amores Sin Dueño -anunció su guía, con amplio y fatigado gesto-. Usted misma. Y, dando media vuelta, se marchó.
Hace de esto diez o doce años. La señorita Ernestina lleva examinados alrededor de siete mil recuerdos, lo que representa apenas una décima parte del total. A veces, en un arrebato de desesperanzada furia, lo tira todo por el suelo, y se pone a llamar a voces a su Armando, o a oler el aire, porque está segura de poder reconocer su olor entre millares; pero sólo huele a polvo, y sólo el silencio le contesta.

Recuerdos inventados: E. Vila Matas

1
Recuerdo que en mi viaje a las Azores entré en el Peter's bar de
Horta, un café frecuentado por los balleneros, cerca del club náutico:
algo intermedio entre una taberna, lugar de encuentro, agencia de
información y oficina postal. El Peter's ha terminado por ser el
destinatario de mensajes precarios y venturosos que de otra forma no
tendrían otra dirección. Del tablón de madera del Peter's penden
notas, telegramas, cartas a la espera de que alguien venga a
reciamarlas. En ese tablón encontré yo una misteriosa sucesión de
notas, de mensajes, de voces que parecían guardar una estrecha
relación entre ellas por proceder del mundo de los pequeños equívocos
sin importancia de Antonio Tabucchi: voces que parecían homenajearle
viajando en común, viajando en una caravana imaginaria de recuerdos
inventados: voces traídas por algo, imposible decir por qué. Pero a
las que no dudo en convocar aquí de nuevo.

2
Voy delante de esa expedición que todos hemos soñado alguna vez y,
entre mis recuerdos, está el haberle oído decir al escritor italiano
Antonio Tabucchi que en cierta medida la literatura es como el mensaje
de la botella (o como los mensajes de este tablón de taberna), pues
también depende de un receptor, ya que así como sabemos que alguien,
una persona indefinida, leerá nuestro mensaje de náufragos, también
sabemos que alguien leerá nuestro escrito literario, un alguien que
más que destinatario será cómplice, en la medida en que habrá de ser
él quien le confiera sentido a lo escrito. Eso es lo que permite que
cada mensaje tenga siempre añadidos, nuevos significados; que los
mensajes crezcan, cobren resonancia. Y eso es, precisamente, lo
extraño y fascinante de la literatura: el hecho de que no sea un
organismo estático sino algo que en cada lectura sufre mutaciones,
algo que constantemente se modifica.

3
Tengo que añadir algo al mensaje del conductor de esta caravana: lo
importante es que de todo quede siempre algo. Cuando yo me llamaba
Carlos Drummond de Andrade escribí este verso: «A veces un pitillo, a
veces un ratón.» Lo importante es que de todo quede siempre algo, pues
por minúscula que sea la llama que reste tal vez alguien pueda
recogerla para encontrar otra cosa.

4
Fuego. Deseo quemar este triste tablón. Será la venganza de quien
recuerda haberse pasado la vida buscando en vano, al igual que Borges
en un poema sobre el tigre, el otro tigre. Más allá de las palabras,
yo anduve siempre buscando el otro tigre, el que se halla en la selva
y no en el verso. Mi vida, a causa de esto, bien arruinada quedó.
Fuego.

5
Sólo recuerdo haber escuchado a muchos hombres jurar por la vida, pero
nadie sabe qué es la vida en realidad.

6
Recuerdo haber siempre pensado que la propia vida no existe por sí
misma, pues si no se narra, si no se cuenta, esa vida es apenas algo
que transcurre, pero nada más. Para comprender a la vida hay que
contarla, aun cuando sólo sea a uno mismo. Eso no significa que la
narración permita una comprensión cabal, puesto que de hecho quedan
siempre vacíos que la narración no cubre, pese a las suturas o
remedios que intenta aplicar. Por ese motivo es por el que la
narración restituye la vida sólo de forma fragmentaria.

8
Yo fui la sombra de Tabucchi. En otro tiempo me atrajo la idea de
convertirme en una mirada fuera de mí: estar fuera de mí y mirar. Como
hacía Pessoa. Convertirme, pues, en un fantasma, en una manera de ver,
en una mirada ajena. Como Tabucchi, que fue la sombra de Pessoa.
Ahora, cuando recuerdo aquellos días, me viene a la memoria aquello
que de sí mismo decía Pepe Bergamín: «Sólo soooy una sooombra.»

9
Como nada memorable me había sucedido en la vida, yo antes era un
hombre sin apenas biografía. Hasta que opté por inventarme una. Me
refugié en el universo de varios escritores y forjé, con recuerdos de
personas que veía relacionadas con sus libros o imaginaciones, una
memoria personal y una nueva identidad. Consideré como propios los
recuerdos de otros, y así es como hoy en día puedo presumir de haber
tenido vida. Después de todo, ¿no es lo que hace todo el mundo? Mi
vida no es más que una biografía como la de todos, construida a base
de recuerdos inventados.

10
No quiero fechas. Que no pongan inscripciones en la lápida, lo ruego,
sólo el nombre, pero no Ettore, sino el nombre con el que firmo esta
carta y que no es otro que Giosefine.

11
Como las ballenas del mundo de Porto Prim, me comunico desde
distancias ilimitadas, con mensajes desesperados como el de esta
Giosefine, como todos los mensajes que penden de este tablón...
Observo mucho a los hombres, les veo siempre muy ajetreados. A veces
cantan, pero sólo para ellos, y su canto no es un reclamo sino una
forma de lamento desgarrador. Cuando se cansan y cae la noche sobre
estas pequeñas islas, se alejan deslizándose en silencio, y es
evidente que están tristes.

12
Si recuerdo que soy Pessoa entonces sólo me quedan ganas de decir que
estoy dividido entre la lealtad que debo al estanco de enfrente, como
cosa real de lo exterior, y la sensación de que todo es sueño, como
cosa real de lo interior.

13
Recuerdo los días que pasé leyendo, noche tras noche y antes del
sueño, una historia de soledades en la que todo era desesperación y,
paradójicamente, juego. Creo que es algo parecido a lo que les sucede
a los mensajes de este tablón cuando cae la noche sobre ellos, sobre
nosotros, y nos sentimos todos muy extraños y entonces reímos, como si
jugáramos, perturbados.

14
«Soñaré la vida que más temen», recuerdo que dice esa joven que
pretende perturbar la tranquilidad de su ciudad en el cuento «A City
of Churches», de Donaid Barthelme.

15
Recuerdo que fue por pura casualidad, en la calle, siendo yo muy
joven, paseando por París, soñando vidas temidas y otros desasosiegos.
Compré un librito que se llamaba Bareau de tabac. Aquella misma noche
lo leí en el tren, regresando a Italia, volviendo a casa. Sentí una
impresión muy fuerte y un deseo inmediato de aprender portugués.

16
En otros días viajaba mucho en tren y no era todo tan plácido como
ahora que viajo en esta cálida caravana de sonrisas fugitivas y
exaltación de lo disperso. En esos días recuerdo haber andado por
tierras de fiebre y aventura. Recuerdo haber viajado a la India, que
es el lugar ideal para perderse. Partí en busca de un amigo
desaparecido, sombra de sombras del pasado más sellado. Bombay, Goa,
Madrás me vieron pasar en busca del lado nocturno y oculto de las
cosas. Pero para mí Oriente sigue siendo un lugar desconocido. Estuve
allí, pero no entendí nada. Bárbaro en Asia, extranjero en mi propia
tierra y, encima, sospechando que el universo es una prisión de la que
nunca, nunca se sale ni se saldrá jamás.

17
Yo me he escapado de un libro de Álvaro Mutis, pero sigo diciendo
alguna de las cosas que allí me preguntaba: ¿Quién convocó aquí a
estos personajes? ¿De dónde son y hacia dónde los orienta el anónimo
destino que los trae a desfilar frente a nosotros? ¿Se esfumarán algún
día sus recuerdos inventados en la piadosa nada que a todos habrá de
alojarnos?

18
Escapado voy del manicomio. De allí me escapé, sí. Y eso que lo pasaba
bien escribiendo novelas en sus muros. Acompaño ahora con mi
desgarrado vuelo esta expedición. Grito como una gaviota herida. Soy
una gaviota. Soy aquella gaviota que espiaba al espía Spino en la
línea misma del horizonte de un libro inolvidable. Dicen que estoy
loca. Y es porque digo que el libro es inolvidable y sin embargo de él
lo olvidé todo salvo el recuerdo de una frase, el recuerdo de una
pregunta: «¿Qué está inventando su imaginación que se presenta como
memoria?» Tan sólo recuerdo esta frase del libro de este escritor de
Pisa que da nombre a esta caravana que con paciencia sobrevuelo y
protejo. Y aunque grito y grito y soy la gaviota, no estoy loca.

19
Recuerdo que Valéry vino a verme una tarde a casa, después de comer, a
buscarme para dar un paseo. Mientras yo me preparaba, tomó una hoja de
mi papel y escribió:
Cuento
"Había una vez un escritor que escribía."
Valéry

20
Yo también me dedico a soñar la vida que más miedo les da. Yo también
sólo soy una sombra. Me llaman Xavier Janata Pinto. He acabado la
jornada; dejo Europa. El aire marino me quemará los pulmones, los
climas perdidos me broncearán. Nadar, segar la hierba, cazar y, sobre
todo, fumar; beber licores fuertes como metales en ebullición...
Volveré con miembros de hierro, piel oscura y ojo furioso; y, por la
máscara, se me creerá de una raza fuerte. Tendré oro: seré un ser
ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces lisiados de vuelta
de los países cálidos...

21
Recuerdo haber sido el barman que en Lisboa inventó el cocktail
Janelas Verdes Dream, pero yo diría que también fui ese personaje que,
a costa de inventarse un pasado como en un juego de ilusionismo en el
que se ejercitara el estilo, llega a la escritura. Se trataba, si no
recuerdo mal, de un personaje marginado, que intentaba decir que
existía, y lo que hacia era decirlo a través de la escritura,
reconstruyendo y hasta inventando una identidad que nunca tuvo, pero
que se hacía cierta una vez escrita: pues el personaje no pedía la
palabra, sino que la tomaba, y lo hacía escribiendo, inventando su
propia historia.

22
Tomo la palabra para decir que me acuerdo de Emil Zatopek, y que
también me acuerdo de Georges Perec, que escribió un libro que se
titulaba Je me souviens y en el que ninguno de los recuerdos era
inventado.

23
Soy la Muerte, que me acerco muy despacio. Soy la última pasajera de
esta caravana y el Ángel Negro que a todos nos aguarda al término del
viaje que aquí termina. Soy un fantasma bajo el cielo nocturno de un
litoral atlántico, frente a una vieja casa que se llamaba Sâo José da
Guja y que ya no existe. Recibo como fantasma muchas historias, pero
transmito pocas, lo confieso, pues la mayor parte del tiempo la paso
escuchando e intentando descifrar todas esas comunicaciones a menudo
algo oscuras e inconexas que se interfieren en el normal avance de la
lectura de los mensajes de este tablón de madera.

24
Trágico y raro, aquí el verdadero último pasajero soy yo. Hoy es 11 de
septiembre de 1891, y estamos frente al convento de la esperanza,
Ponta Delgada, isla de San Miguel, Azores. Voy a poner fin a mi vida,
y mis recuerdos los acogerá la piadosa nada que a todos habrá de
alojarnos. Entre los hijos de un siglo maldito, yo también tomé
asiento en la impía mesa, donde bajo la holgura gime la tristeza de un
ansia impotente de infinito. Voy a decir adiós a todos frente a este
mar, desde este banco y bajo el fresco muro del convento, donde hay un
anda azul sobre la última pared triste y encalada de mi vida.

25
Recuerdo que esto ya me sucedió en otra ocasión. Todos los invitados
empezaban a irse. Y los que quedábamos no hacíamos más que hablar en
voz cada vez más baja, sobre todo a medida que la luz se iba. Nadie
encendía las lámparas. Yo, que fui la sombra de Tabucchi, hoy ya sólo
soy la sombra de mí mismo, aunque narrando puedo ser ya la sombra de
cualquiera. Soy tu sombra. Y la sombra también, por ejemplo, de aquel
que dijo: «Esa sucesión de sombras y difuntos que soy yo.»

26
Yo me voy entre los últimos, tropezando con los muebles. Fui amigo de
Roberto ArIt. Le recuerdo a Roberto una mañana en la que sus
compañeros de trabajo le encontramos en la redacción del periódico con
los pies sin zapatos sobre la mesa, llorando, los calcetines rotos.
Tenía enfrente un vaso con una rosa mustia. Al preguntarle qué le
sucedía, contestó: «¿Pero no ven la flor? ¿No se dan cuenta de que se
está muriendo?»

27
Soy el 27. Soy un hombre de los años veinte: sigo esperando algo
emocionante, bebidas fuertes, conversación animada, alegría, escritura
brillante, intercambio de ideas sin inhibiciones, revolución. En otro
tiempo yo escribía libros de relatos y en cada uno de estos libros
había una, dos, tres ficciones que prefería a las otras, y pese a que
esas preferencias variaban cada día y a cada instante, llegó un día y
un momento en que caprichosamente las fijé en una antología personal
de invenciones recordadas que titulé "Recuerdos inventados."